Estos son los Escritores Colombianos más destacados:
1. Gabriel García Márquez
“Un escritor puede escribir lo que le dé la gana siempre que
sea capaz de hacerlo creer”.
La lista de los escritores colombianos recomendados la
encabeza el premio Nobel colombiano autor de novelas como Cien años de soledad,
El coronel no tiene quien le escriba, La hojarasca, Crónica de una muerte
anunciada y El amor en los tiempos del cólera.
‘Gabo’, como es llamado cariñosamente por los colombianos,
es el escritor más importante del país y uno de los más destacados en América
Latina en el siglo XX. Además, es un referente en periodismo y es fundador de
la Fundación Nuevo Periodismo Latinoamericano.
¿Sabes cuales fueron los homenajes dados como un legado a la
biografía de Gabriel García Márquez? conócelos
2. Candelario Obeso
“¿Soy un macho negro?
¡Pues de ello me alegro!”.
Este momposino de tradición, precursor de la poesía negra
americana, tiene en Cantos populares de mi tierra, su obra más representativa.
Su trabajo se caracteriza por retomar sus raíces y hacer sentir orgullosos de
su cultura a los colombianos. Varios de sus trabajos dejaban plasmada su
personalidad y tradición llena de ‘picante’, sentido del humor y mucha
sabrosura.
Políglota, tradujo al español obras de Shakespeare, Víctor
Hugo y Tennyson. Algunos de sus trabajos destacados fueron Secundino el zapatero,
La familia Pygmalión, Lectura para ti y Lucha de la vida.
3. Rafael Pombo
“Era una noche de aquellas
Noches de la patria mía,
Que bien pudieran ser día
Donde no hay noches como ellas.”
(Fragmento de El Bambuco)
Es uno de los Poetas colombianos famosos, fabulista y
diplomático colombiano del siglo XIX dedicó su vida a la escritura de textos
infantiles y poéticos. De hecho, muchos niños colombianos han aprendido a leer
con el famoso ‘Rinrín renacuajo’.
Se destacan obras como, Mirringa mirronga y Simón el bobito
que forman parte importante de la educación literaria colombiana. Su poema más
laureado fue La hora de tinieblas.
Te invitamos a conocer a cuentos para niños de Rafael Pombo
y Jairo Anibal Niño, Yolanda Reyes, entre otros escritores Colombianos.
4. José Eustasio Rivera
“Ella, que ayer mantuvo con los vientos su alianza,
sabe que todo vuelo sólo encuentra el vacío;
y enferma de horizontes, triste de poderío,
busca en la paz el último sueño de venturanza.”
(Fragmento de Tierra de promisión)
Escritor colombiano nacido en Rivera (Huila), además de ser
abogado era escritor y fue el precursor de una de las obras más aclamadas de la
lengua española: La vorágine. La novela es considerada un gran épica, enmarcada
en el ambiente selvático suramericano, que bien puede constituir un documento
histórico de la época. En 1921 escribió su libro de poemas Tierra de promisión.
Este personaje hace parte de los autores de poemas
colombianos.
5. Jorge Isaacs
“Ve, pensamiento,
Ve libre y vuela.”
(Fragmento de Ve pensamiento)
Oriundo de Cali o la ‘sucursal del cielo’, este escritor
encontró en María su mayor consagración literaria. Es una de las obras más
importantes del siglo XIX en Latinoamérica, en la que la notable narrativa
muestra tanto la sociedad vallecaucana como la estructura social de Colombia en
ese entonces. Su trabajo también se extiende a la poesía y el periodismo.
Su obra ha sido traducida a más de 30 idiomas, lo que ha
permitido que muchos lean y sientan sus palabras llenas de encanto,
convirtiéndose en un clásico de la literatura colombiana.
Dentro de los 10 escritores colombianos más votados por los
colombianos se destacaron también Fernando Vallejo, William Ospina, Tomás
Carrasquilla, José Asunción Silva y Álvaro Mutis respectivamente.
La gran tradición de autores colombianos hace que Colombia
sea un país lleno de historias únicas y auténticas, que en muchos casos son el
reflejo de la sabrosura de la cultura colombiana
Pintores de colombia los mas importantes
ALEJANDRO OBREGÓN
(Barcelona, 1920 - Cartagena 1992). Desde su niñez vivió en
Barranquilla. Se formó en la Escuela de Bellas Artes de Boston y en la Llotja
de Barcelona. Al regresar de España en 1944 participó en el V Salón Nacional de
Arte con gran éxito. La crítica denominó a su mundo "expresionismo
mágico".
Su obra contempla algunas fases decisivas. Al comienzo fue
naturalista y en ocasiones expresionista. A partir de 1947 exploró el cubismo,
donde una perspectiva singular reinó en sus composiciones. A comienzos de la
década del sesenta Obregón alcanzó la fuerza de su estilo. Su consagración no
se hizo esperar y ganó en dos ocasiones el primer premio de pintura del Salón
nacional (1962, 1966), con su cuadro "Violencia" e "Icaro y las
avispas", respectivamente. Maestro del óleo en sus comienzos, se dedicó en
su última etapa al acrílico, lo cual para algunos estudiosos “lo que ganó en
libertad formal lo perdió en poder expresivo”.
Pintor de la violencia, pero también del sueño, es una de
las piedras angulares del arte realizado en Colombia. Fascinado por la pintura
mural, realizó obras de gran reconocimiento en el Senado de la República y en
la Biblioteca Luis Ángel Arango.
ALFONSO FERRO
Artista colombiano (septiembre de 1965), radicado en México
su obra es una gama de motivaciones estilísticas que van desde la libertad de
la pincelada abstracta que sabe hacerse emotiva y atropellada pasando por la
abstracción controlada con regusto constructivista, Maestro en Artes visuales
de la unidad de postgrados de la UNAM, es poseedor de una especie de figuración
narrativa de acento conceptual, cuenta con un gran número de exposiciones desde
Quito hasta New York City, su pintura, es una práctica central que se extiende
a la instalación (La Madona de la Paz), la cerámica (La Familia) y la escultura
(Toro) y en todos maneja un discurso personal y contemporáneo.
ALFREDO VIVERO
El espíritu del guerrero
Por Gustavo Tatis Guerra
Frente al lienzo en blanco él ha cerrado los ojos para
contemplar la espléndida y dolorosa epopeya de América.
Alfredo Vivero ha visto como quien persigue el secreto de
unas huellas borradas por el viento, el corazón oculto de la cordillera, el
latido de la llanura y la profunda soledad de la selva, para encontrarse con el
rostro iluminado del hombre antiguo, para descifrar su cántaro roto, su corazón
sacrificado, para mirarle los ojos al jaguar, para escuchar la voz de la tierra
del Quetzal y la Anaconda.
Ha venido a descifrar los códices mancillados de los sabios
indígenas mayas sobre tiras de piel de animal o corteza de árboles, como quien
lee en la más alta y aventajada escritura indoamericana iniciada por los
zapotecas en el primer milenio antes de Cristo. La mayoría de esas escrituras fueron
quemadas por sacerdotes españoles temerosos de que aquello fuera una obra del
demonio. No es cierto que el continente haya sido una geografía sonámbula en
busca de civilización, como lo percibía un pintor español sembrado en el
Caribe. Los deseos y los misterios de la vida ya estaban escritos, graficados y
reelaborados en jeroglíficos en el Siglo XVI antes de la llegada de los
españoles.
Ha visto el rostro de niño viejo en el corazón sereno de una
planta yucateca como una flor abierta. Algo de misterio de ultratumba ha
encontrado en esa figura que parece dialogar con los vivos. La figurilla de
Jaina como el alma dormida de un dios está en el centro de una Aracere, planta
de las selvas yucatecas.
Algunos creen que se trata del dios viejo Pahuatun. Él ha cerrado
los ojos para escuchar el murmullo de las hojas de las ceibas gigantescas,
árboles sagrados de los mayas, y para nutrir de color los movimientos del
tiempo. Ha vuelto a ver dentro de sí mismo a los guerreros emplumados. El
guerrero emplumado aparece en sus visiones interiores y lo pinta en uno de sus
óleos. Es Moctezuma que aparece con plumas de quetzal y collares de turquesa y
jade. Está sentado en posición meditativa, y el dorado esplende sobre su
cabeza. Más que un guerrero en reposo, su aura es la de un ser trenzado con la
tierra y el universo y con un alto sentido de lo sagrado. Los símbolos que le
rodean magnifican su expresión.
El artista logra descifrar el sentido del color en las
culturas precolombinas, descubrir que lo mítico y lo mágico son metáforas de la
existencia, referentes del ser en su relación cotidiana con el cosmos. Su
pintura hibrida lo abstracto y figurativo, y logra trascender la orilla
simbólica de lo local hacia lo americano y universal, permitiendo una lectura
profunda del espíritu genesíaco del continente. La suya cuestiona la mirada
limitada, sesgada y prejuiciada hacia las culturas indígenas.
«El conocimiento del pasado americano nos permite saber que
muchas de esas culturas llegaron a desarrollarse tanto como cualquiera de las
grandes culturas del mundo que han sido paradigma y canon del comportamiento
humano», señala Alfredo Vivero. A esas profundas orillas del tiempo se ha
asomado el artista.
Alfredo Vivero. Nació en 1951 en Corozal (Sucre), Colombia.
Estudió arquitectura en la Universidad la Gran Colombia. Recibió la Orden Civil
al Mérito José Acevedo y Gómez (2004), y fue condecorado en 1991 por Colcultura
con la orden Mariscal Sucre. Ha realizado portadas para varias revistas y
calendarios.
En el año 2004 expuso en Latin American Artist Studio bajo
el título Magia, mito y leyenda, en San Diego, California, muestra que
anteriormente presentó en Bogotá, Ibagué, Sincelejo y Miami (Contemporary Art
Foundation Gallery). Ha realizado las exposiciones: Ficciones (1986), Laberintos
del silencio (1983), Resurrección del mito (1982), Canción de la vida total
(1981), Sueños (1980). En 1996 fue seleccionado por Adpostal para edición de
cuatro estampillas con la serie Mitos y Leyendas de Colombia. Ha realizado los
murales: Visa deportiva (Parque Jhon F. Kenedy, Bogotá, 1984); Schin-Ghui-Tai
(Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 1982); El hombre nuevo (Catedral de
Corozal, 1981); El testigo (Círculo de Periodistas, Bogotá, 1981).
ÁLVARO BARRIOS
(Cartagena, 1945). Cursó estudios de artes en la Escuela de
Bellas Artes de Barranquilla y arquitectura en la Universidad del Atlántico.
Posteriormente realizó cursos de Historia del Arte en en Perugia y en la
Fundación Giorgio Cini de Venecia. Se ha desempeñado como catedrático de arte
en varias universidades.
Artista de gran versatilidad, ha trabajado composiciones
surrealistas, conceptuales y pop en sus cuadros. Como dibujante notable ha
involucrado elementos del comic en su obra. Según sus palabras “todo el arte
contemporáneo ha dejado improntas en su universo pictórico”.
Entre sus más notables exposiciones señalamos: Galería Marta
Traba, Bogotá (1968); Museo de Arte Moderno, Cartagena (1987); Museo La
Tertulia de Cali (1969, 1980 y 1990); Museo de Arte Moderno de Bogotá (1967,
1968, 1977, 1986 y 1999), y Museo Nacional de Buenos Aires (2000).
Ha participado en las siguientes exposiciones
internacionales: VII Bienal de Paris (1971); IX Bienal de Tokio (1974); XIII
Bienal de Sao Paulo (1975). Recibió la Medalla de Oro de la IX Bienal de Tokio
(1974); el Premio de la priemra Trienal Latinoamericana de Grabado, Buenos
Aires (1979), y el Premio Luis Caballero, Galería Santafé, Bogotá (1998).
En 2001 obtuvo el Premio Latinoamericano de Pintura y
Técnicas Mixtas de la primera Bienal de Buenos Aires, Argentina con su serie
“Los Cincuenta Caminos de la Vida"
ANDRÉS DE SANTA MARÍA
Andrés de Santa María. (Bogotá, 1860 - Bruselas, Bélgica,
1945). Es reconocido como el más importante artista impresionista colombiano.
Estudió en Bruselas primaria y secundaria en París. En esta última ciudad,
conoció a varios maestros del impresionismo, como Claude Monet, que
determinarían su búsqueda pictórica. Al regresar a Colombia fue nombrado
director de la Escuela Nacional de Bellas Artes durante 1904. Ese mismo año
realizó su primera exposición de trascendencia, muestra que tuvo excelentes
comentarios por parte de Baldomero Sanín Cano, y desde ese momento gozó de gran
prestigio. Sus óleos: Lavanderas del río Sena, Los Fusileros y La niña a
caballo, fueron algunas de sus obras expuestas, que alcanzarían un amplio
reconocimiento posteriormente. En 1936 expuso en Bruselas y posteriormente en
Londres. En 1945, mientras vivía en su exilio voluntario en Bélgica, falleció
víctima de una infección renal a la edad de ochenta y cinco años. En 1949 en el
Museo Nacional, se organizó una retrospectiva en homenaje a su obra, y en 1971
el Museo de Arte Moderno de Bogotá, colgó un centenar de sus obras más
representativas, que validaron su lugar fundamental en el desarrollo de la
plástica nacional.
ANGEL LOOCHKARTT
La Ofrenda del Instante
Por Gonzalo Márquez Cristo
El artista pinta lo invisible para que nosotros podamos
vernos, percibirnos, hallarnos, y el encuentro siempre está en la libertad, en
la imaginación que nunca es sometida.
«Yo pinto para ser libre, es decir para no estar solo –dice
Ángel Loochkartt–. Para compartir mi respiración y mi huella dactilar, mi
taquicardia... Y para continuar pegado a mi sombra».
Comprometido a rastrear sus obsesiones, a mostrar personajes
del color local, a consagrar sus más intensas soledades, el pintor se aventura
a seguirse, y así instaura la alianza: adivina nuestra geología interior. «No
es posible buscar afuera, imitar arquetipos. Es necesario adentrarse. Pues la
obra impuesta por lo establecido, que pinta el rostro del presente, desaparece
con él».
Loochkartt sigue descubriendo, guiándonos a sus revelaciones
incesantes. En los últimos años ha ampliado el espectro de sus temas e incluso
ha buscado el cuadro total: óleos con numerosos personajes escenifican en forma
casi cinematográfica su fuerza imaginaria. El color encuentra nuevas luces, la
forma es más compleja y eficaz. «Lo importante es crecer hacia abajo,
enraizarse, hacerse abisal, extenderse en las profundidades».
El arte es riesgo para el creador barranquillero, danza
sobre la cuerda floja. Cada verdadera pintura esconde nuestros próximos ojos,
funda el horizonte de nuestra mirada futura, y como en el relato Zen es posible
observarla en la más densa oscuridad.
«Hay que ir siempre en contravía sin estrellarse,
accidentando los colores, hiriendo las formas establecidas, extraviando lo que
nadie ha perdido, para poder observarnos sin necesidad de los espejos».
Si en el surrealismo ver significaba imaginar, para
Loochkartt es existir y de ahí su vinculación con el tiempo. Su pintura
representa algo que está por suceder. Sus figuras se mueven como en el sueño,
muestran la estela de su transcurrir. Y así como el fotógrafo persigue el
instante irrepetible, él lo produce, lo provoca, y todos los elementos de sus
cuadros quedan al acecho de su posibilidad existencial, aguardan como felinos
el último signo para el salto. Asistimos muchas veces a la poética del abismo.
Sus magistrales dibujos tienen el poder del ritmo, de lo
sensual. Sus trazos en forma de herradura son reflexivos, luminosos, como en el
Retrato hablado de Cristo o en sus singulares creaciones sobre la violencia,
ahora revisitadas por la crítica. Su obra es una forma de descifrar el tiempo,
de cautivarlo. En sus figuras eróticas percibimos el curso del deseo, en sus
bodegones podemos ver al viento, escucharlo... Los ángeles –tan frecuentes como
perversos en su corpus estético– de repente deciden detenerse, el gato Odiseo
irrumpe sobre la mesa del artista tumbando sus pinceles, una mujer se desnuda
sabiendo que un niño la contempla.... La lúcida provocación se alterna con la
suspensión de lo onírico.
El artista también testimonia el espíritu del lugar. Su
exploración sobre nuestra realidad es vasta y los temas de su pintura diversos.
De los controvertidos travestis y hampones, puede ir con facilidad a sus
bodegones de frutas tropicales o a la prolífica serie de Congos y Marimondas
del Carnaval de Barranquilla; de los desplazados a los perturbadores ángeles
músicos, y así mismo a los retratos de bellas damas que constituyen sus
exposiciones: Perdidas en el tiempo y las Amadoras de Bolívar.
Si a veces la sombra cae sobre el color para expresar la
desolación, si reina en la carnavalesca decadencia, si propiciando el deseo
muestra su desgarradura, también cuando su pintura se ocupa del día es
voluptuosa y las frutas de sus bodegones son carnales, despliegan un erotismo
solar.
Cultor de la noche, cree que siempre el ocultamiento conduce
a una revelación, que lo prohibido nos fundamenta más que lo permitido, y que
la sociedad sólo festeja para destruir. La provocación, la rebeldía, es su
actitud intransigente, «sólo aquello que me pervierte existe, es».
Para Loochkartt el arte es una descarga que modifica la
mirada, un combate sin tregua contra la moral impuesta por el poder. «El
erotismo es la propuesta esencial del hombre, la fuerza dadora del latido, el
sí vital».
Su obra, como la de los llamados Expresionistas Colombianos
(Góngora, Granada, Giangrandi, Alcántara, Rendón, Samudio) recuerda el verso
del gran poeta francés Yves Bonnefoy: «La que destruye al ser, la belleza, será
torturada». Y es allí, en su crítica a los cánones establecidos, en su aparente
destrucción, donde se renueva, donde hallamos la belleza en lo más precario y
marginal. Lo condenado, lo proscrito, los bajos fondos, son una veta de
inspiración, o como lo ha dicho el pintor, de respiración, de opción de vida.
«A mí no me ha pasado sino lo imposible, lo que ocurre a todos los hombres y
pocos pueden advertirlo».
Su arte es una conciliación con las adversidades de la
naturaleza, con las arbitrariedades y esplendores de lo humano. Él no pinta,
lanza su pintura contra el lienzo. Su óleo llueve, graniza en la tela. Es un
artista de crueles desciframientos, de delirios, de barrocos espacios
tridimensionales.
Las mujeres de cabello en forma de pagoda surgen con rasgos
masculinos y los hombres se feminizan. Casi toda su obra es la consagración de
la androginia, de la imagen esencial del ángel. También el universo lésbico
está mágicamente narrado en su serie de formato circular: Hábitos eróticos de
las mujeres etruscas.
Si Malraux pensaba que el arte no es una religión sino una
fe, Loochkartt podría cambiar de religión pero no de dios, y buscar diversos
ángeles, hasta hallar aquel que no le dé la espalda al mundo.
El verde y el rojo son asiduos en su movimiento interior. El
color flota sobre la forma, se desplaza, se desprende de la figura.
«Las manzanas de Cézanne son bellas por aquello que las
distancia de las frutas verdaderas ¿Quién hallará el sitio dónde ocultó Picasso
los azules? ¿Quién sabe dónde se esconde el amarillo? ¿Qué color me buscará
mañana?», lo escucho decir en mi memoria...
¿Cómo creer después de Van Gogh que el sol no ha cambiado de
lugar?
Ángel Loochkartt nació en Barranquilla en 1933. Estudió en
Roma las técnicas de mural, pintura de caballete y grabado. En 1971 se vinculó
al Departamento de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Colombia. Entre
los reconocimientos a su obra destacamos: el Primer Premio en el Salón Nacional
de 1986, la Mención de Honor, Festival de Arte Azuza, California (U.S.A.,
1961), y la Medalla Fundación Leonardo Da Vinci (Bogotá, 1977)
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